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La tentación y el sexo parte 2/2
Autor:
Samuel Young
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La promiscuidad es el sexo desbocado. Es en realidad la prostitución de la personalidad. Pero hay un hijastro de la promiscuidad que es la fuente de tentaciones intensas para muchos.

El sexo y la tentación

La pornografía es el término técnico para describir escritos, pinturas o fotografías obscenas y lujuriosas. Es la explotación fundamental de lo sucio y lo sensual. Robert E. Fitch la define como “la deificación de lo sucio”. Frecuentemente se esconde tras de la libertad de la prensa y ha acumulado cuantiosas ganancias mediante esos libros de pastas de papel, en los años recientes.

Apela a la sugestión. Se presenta como arte, pero generalmente su tono es degradante. A menudo sus víctimas son niños y jóvenes. Apela a la curiosidad del hombre y a su deseo de investigar. Es una herramienta de Satanás y un instrumento del infierno. A los jóvenes les advertimos: no se dejen agarrar en esta trampa.

Cuando un huevo huele mal, generalmente no lo freímos y nos lo comemos sólo para probar que somos fuertes. Nuestra nariz nos avisa. Deberíamos saber al menos tanto como nuestra nariz y no cerrar los ojos a la mancha o corrupción de esta infección moral. La pornografía, en palabras o en cuadros, es una tentación que debe evitarse. Nadie puede hacernos leer lo que no queremos leer. Podemos controlar las avenidas de los ojos, y debemos prestar atención específica a ello, a fin de no ceder a esta tentación.

De igual manera, el conocimiento tan diseminado de los contraceptivos en nuestro día, tiende a que muchos jóvenes se sientan atrevidos o deseosos de experimentar relaciones sexuales antes del matrimonio. El uso de contraceptivos entre los soldados parece indicar que la promiscuidad sexual es algo más o menos regular y hasta de esperarse. En general derrumba algunas de las barreras que el joven observaba cuando estaba en su hogar.

La noción popular de que este es “el estilo moderno” es una cantaleta infernal. Las manchas del pecado son reales, y las consecuencias interiores inescapables. Las prohibiciones de Dios son para nuestro bien, no para implantar una tiranía. A menudo, en el proceso de su crecimiento, los jóvenes se pueden rebelar contra la autoridad del hogar, de la iglesia, la sociedad, y sus tradiciones, y hasta llegan a decir que tienen el poder para rechazar lo que ellos consideran normas “anticuadas”. Frecuentemente sus ideas recientemente descubiertas no son más que pecados viejos con nombres nuevos, y sus frases o lemas rebeldes nada sino las expresiones favoritas de su propio grupo.

Esto no es independencia; es esclavitud. Esta clase de “falta de conformidad” cuando es analizada, puede resultar en la peor clase de dominio de una turba. La madurez no es un asunto de cierta edad; es algo que se desarrolla mediante las decisiones sanas y prioridades válidas. Moisés, cuando creció, “rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado” (Hebreos 11.24-25).

La promiscuidad es el sexo desbocado. Es en realidad la prostitución de la personalidad. Pero hay un hijastro de la promiscuidad que es la fuente de tentaciones intensas para muchos. Se le llama de diversas maneras en diversos países, nos referimos a las caricias apasionadas. No deja de haber jóvenes religiosos (evangélicos) que participan en esto, y que se justifican a sí mismos diciendo que su propósito es detenerse antes de la relación sexual, la cual consideran algo malo. Es así como aún en círculos religiosos y decentes, algunos rechazarían el baile con todas sus variedades como algo peligroso y pecaminoso que rebaja, permiten ese tipo de caricias apasionadas entre los jóvenes, como una expresión, que no puede causar daño, de amor y de afecto.

Nuestros hermanos de la Iglesia Luterana, Sínodo de Misuri, declaran en un libro intitulado Sex and the Church (El sexo y la iglesia), lo siguiente que llega al corazón del asunto: “La excusa de que las caricias apasionadas evitan la relación sexual y preservan la virginidad de la joven es un subterfugio moral puesto que la integridad de otra persona es violada. Estas relaciones vulgarizan el sexo. Y a menudo resultan en tensiones nerviosas, en sentimientos de indignidad, resentimiento e hipocresía.

Las experiencias de este tipo apasionado de caricias son almacenadas en la mente consciente, desde donde plagan y trastornan. Los jóvenes pronto descubren que es difícil poner el alto a las demandas del estímulo sexual que ha ido en aumento progresivamente. Esta intimidad se vuelve un Frankenstein cuyo creador ya no puede controlar. La personalidad es explotada en estas relaciones desmedidas y el resultado es la pérdida del respeto de sí mismo.”

Mas el sexo no tiene que derrotar al hombre en la tentación. A nosotros nos toca aferrarnos al ideal de la pureza y la fidelidad. La deificación del sexo es una forma de idolatría. Conduce a toda clase de corrupciones y perversiones como se ve en Romanos 1. Dios nos llama a un cuerpo sano y una mente sana. La santidad significa plenitud, sanidad. El identificar el amor con la lujuria en el sentido popular es darle muerte al amor, por definición y por propósito.

Babbage declara: “La promiscuidad es la degradación del amor: divorcia el acto físico del contexto de amor, que es lo único que le imparte su santidad y significado, y de esa manera priva el acto físico de su significado moral y espiritual.” Este mismo autor insiste en que la lujuria, en contraste al amor, siempre explota, siempre es egoísta, y siempre profana el sexo porque separa el acto físico del contexto del amor. Además lleva consigo la violación de la personalidad.

La pureza no es resultado de la autosuficiencia meticulosa de una persona: es lo mejor que Dios tiene para todos nosotros. Sigamos al Galileo “que no conoció pecado” (2 Corintios 5.21). Esta no es debilidad, es fuerza. Llevemos con nosotros la pureza al altar matrimonial, y de esa forma dos personas se volverán una como Dios ha planeado.

Tomado del libro: La tentación

 
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