Cada sábado, al terminar la reunión, los miembros no se iban a casa. Se quedaban. Y cada uno abría sus manos para dar lo que tenía: uno traía pan, otro traía sopa, otro traía ropa usada, otro traía medicinas.
Los soldados llegaron al pueblo y exigieron que la iglesia les diera refugio y alimento. La iglesia los recibió. Días después, llegaron los rebeldes y exigieron lo mismo.
Los miembros llegaban los domingos, cantaban, escuchaban el sermón, se iban. Nadie sabía el nombre de su vecino de banca. Nadie sabía quién estaba sufriendo, quién estaba solo.
El pastor Youssef murió poco después, en paz. Sabía que había dejado algo más valioso que un edificio: una comunidad que había descubierto que la iglesia verdadera no se destruye.
Una noche, Anselmo tuvo un sueño. Vio una escalera que subía al cielo, y en cada peldaño había un nombre. Los primeros peldaños tenían los nombres de los grandes teólogos, los mártires, los santos.