Ya ungido (probablemente en secreto) como nuevo rey, por Samuel, entró al servicio del rey Saúl.
Este, celoso de la fama que David iba adquiriendo, especialmente tras matar a Goliat, trató de quitarle la vida (1 S. 18:13 - 19:1); ante las amenazas que le presentaba Saúl, el joven David se convirtió en proscrito (1 S. 19:11; 21:10); huyó a Gat, ciudad filistea (1 S. 21), y luego se refugió en la apartada cueva de Adulam (1 S. 22).
Abiatar y un buen grupo de descontentos Se le unieron (1 S. 22:2). Saúl salió a perseguirlo (1 S. 23; Sal. 7:4; 1 S. 26); cuando Saúl murió en el monte Gilboa en 1010 a.C., lo coronaron rey de Judá (2 S. 2:4). En 1003 a.C. Israel entero lo aclamó rey (2 S. 5:1-5; 1 Cr. 11:10; 12:38).
Tras derrotar a los filisteos (2 S. 5:18-25) capturó Jerusalén, baluarte de los jebusitas, y la convirtió en capital religiosa cuando llevó a ella el arca (2 S. 6; 1 Cr. 13; 15:1-3); organizó la adoración (1 Cr. 15, 16); amplió el reino por los cuatro costados (2 S. 8; 10; 12); dio gran impulso al culto de Jehová y ensanchó su reino por sucesivas y extensas conquistas. Durante la guerra con los amonitas, cometió su gran pecado, por el cual recibió castigo y del que se arrepintió sinceramente. Conforme a las costumbres de su tiempo, tuvo varias esposas, una de ellas hija de Saúl.
La figura de David, como hombre y como rey, tiene un relieve tal en la historia del pueblo de Israel que no deja de ser el tipo del Mesías, que debe nacer de su raza. A partir de David, la alianza con el pueblo se hace a través del rey; así, el trono de Israel es el trono de David (Is. 9:6; Lc. 1:32); sus victorias anuncian las del Mesías, lleno del Espíritu, que reposa sobre el hijo de Isaí (1 S. 16:13; Is. 11:1-9); reportará sobre la injusticia. Por la victoria de su resurrección cumplirá Jesús las promesas hechas a David (Hch. 13:32-37) y dará a la historia su sentido (Ap. 5:5).
David, llamado por Dios y consagrado por la unción (1 S. 16:1-13), es constantemente el «bendito» de Dios, al que Dios asiste con su presencia; porque Dios está con él, prospera en todas sus empresas (1 S. 16:18), en su lucha con Goliat (1 S. 17:45 y ss.), en sus guerras al servicio de Saúl (1 S. 18:14 y ss.) y en las que él mismo emprenderá como rey liberador de Israel: «Por doquiera que se iba le daba Dios la victoria» (2 S. 8:14).
David, encargado como Moisés de ser el pastor de Israel (2 S. 5:2), hereda las promesas hechas a los patriarcas, y en primer lugar la de poseer la tierra de Canaán. Es el artífice de esa obra de posesión por la lucha contra los filisteos inaugurada en tiempos de Saúl y proseguida durante su propio reinado (2 S. 5:17-25).
La conquista decisiva es coronada por la toma de Jerusalén (2 S. 5:6-10), a la que se llamará «Ciudad de David». Se convierte en la capital de todo Israel, en torno a la cual se efectúa la unidad de las tribus, que con el arca introducida por David ha hecho de Jerusalén una ciudad santa (2 S. 6:1-9), y David desempeña en ella las funciones sacerdotales (2 5. 6:17). Así, «David y toda la casa de Israel» no forman sino un solo pueblo en torno a Dios
David responde al llamado de Dios con una profunda adhesión a la causa del pueblo de Dios. Su religión se caracteriza por el imperativo de servir a la obra de Dios; así se guarda de atentar contra la vida de Saúl, incluso cuando tiene ocasión de deshacerse de su perseguidor (1 S. 24:6).
Perfectamente abandonado a la voluntad de Dios, está pronto a aceptarlo todo de El (2 S. 11:25 y ss.) y espera que el Señor transforme en bendiciones todas las desgracias que tiene que sufrir (1 S. 16:17).
Es el humilde servidor, confuso por los privilegios que Dios le otorga (2 S. 7:18-29), y por esto es el modelo de los «pobres» que, imitando su abandono a Dios y su esperanza llena de mansedumbre, prolongan su oración en las alabanzas y en las súplicas del Salterio.
Al «cantor de los cánticos de Israel» (2 S. 23:1) debemos hoy los cristianos numerosos salmos, el plano del Templo (1 Cr. 22:2-8), así como la organización del culto en el Templo de Jerusalén (1 Cr. cf r. 23-25) y numerosos cantos (Neh. 12:24-36), e incluso ya en tiempos de Amós se decía que la invención de los instrumentos músicos muchos de ellos venían del mismo David (Am. 6:5).
La gloria de David no debe hacer olvidar al hombre: tuvo sus debilidades y sus grandezas; rudo guerrero, astuto también (1 S. 27:10 y ss.); cometió graves faltas y se mostró débil con sus hijos ya antes de su vejez.
Su moral es todavía burda: durante su permanencia con los filisteos se comporta como jefe de salteadores contra los enemigos de Israel (1 S. 27:8-12), y es lo bastante listo para que al cabo de más de un año Aquis no se dé cuenta de ello (1 S. 29:6 y ss.).
No se pueden pasar en silencio sus despiadadas reacciones después del incendio de Siclag (1 S. 30:17) y en su lucha contra Moab (2 S. 8:2). Finalmente muestra su condición humana conservando su odio contra todos los que han hecho daño, y confía sus venganzas póstumas a Salomón.
Pero 1qué magnanimidad revela en su fiel amistad con Jonatán, en el respeto que muestra siempre a Saúl, así como también al arca (2 S. 15:24-29), a la vida de sus soldados (2 S. 23:13-17), y con su generosidad (1 S. 30:21-25) y perdón (2 S. 19:16-24).
Por lo demás, se muestra político avisado, que se granjea la simpatía en la corte de Saúl y cerca de los ancianos de Judá (1 S. 30: 26-31), desaprobando el asesinato de Avenir (2 S. 3:37, 38) y vengando el homicidio de Cibal (2 S. 4:9-12). David es uno de los grandes hombres del Antiguo Testamento, uno de los precursores de Cristo, uno de los tipos de Jesús el Mesías.
El Mesías desciende de David; el éxito de David hubiera podido hacer creer que se habían realizado ya en él todas las promesas de Dios a Israel. Pero una nueva y solemne profecía da nuevo impulso a la esperanza mesiánica (2 S. 7:12-16).
A David, que proyecta construir un templo, le responde Dios que quiere construirle una descendencia eterna: «Yo te edificaré una casa» (2 S. 7:27). Así orienta Dios hacia el prevenir la mirada de Israel. Promesa incondicionada que no destruye la alianza del Sinaí, sino que la confirma concentrándola en el rey (2 S. 7: 24).
En adelante, Dios ofrece guiar a Israel y mantener su unidad por la dinastía de David. El Salmo 132 canta el vínculo establecido entre el área —símbolo de la presencia divina— y el descendiente de David.
Así se comprende la importancia del problema de la sucesión al trono davídico y las intrigas a que da lugar (2 S. 9:20; 1 R. 1). Y todavía se comprende mejor el puesto que ocupa David en los oráculos proféticos (Os. 3:5; Jer. 30:9; Ez. 34:23 y ss.).
Para ellos evocar a David es afirmar el amor celoso de Dios a su pueblo (Is. 9:6) y la fidelidad a su alianza (Jer. 32:20 y ss.). De esta fidelidad no se puede dudar aun en lo más duro de la prueba (Sal. 89:4 y ss.; 20-46).
Cuando Cristo vino a la tierra se cumplen los tiempos; se llama, pues, a Cristo «Hijo de David» (Mt. 1:1); este título mesiánico no había sido nunca rehusado por Jesús, pero no expresaba plenamente el imperio de su persona; por eso Jesús, viniendo a cumplir las promesas hechas a David, proclama que es más grande que él: es su Señor (Mt. 22:42-45).
No es solamente «el siervo de David», pastor del pueblo de Dios (Ez. 34:23 y ss.), sino que es Dios mismo que viene a apacentar y a salvar a su pueblo (Ez. 34:15 y ss.); Jesús es humanamente el «retoño de la raza de David», cuyo retorno aguardan e invocan el espíritu y la esposa (Ap. 22:16 y ss.).
Fuentes mientras no se indique lo contrario:
Biblia-RVR 1960
Libros de Estudio del INSTE
Diccionario Bíblico Ilustrado de Vila Santamaria. Editorial CLIE
Biblia-RVR 1960
Libros de Estudio del INSTE
Diccionario Bíblico Ilustrado de Vila Santamaria. Editorial CLIE