El salón de Apolo era el más rico de aquel rico palacio y los festines que en él se celebraban costaban cifras verdaderamente increíbles.
Lúculo, no obstante sus triunfos militares — fue el vencedor de Mitrídates y de Tigranes — es más conocido por el fausto y opulencia de su vida que por sus victoriosos hechos de armas. Cierto que nadie como él llevó a extremos tales el lujo y la prodigalidad.
En la magnífica mansión que se hizo construir cerca de Nápoles, a orillas del mar, rodeada de jardines, considerados como verdaderas maravillas, ofrecía a sus amigos festines fantásticos. Y sus amigos eran numerosísimos, naturalmente, y todas las noches eran de fiesta en aquel recinto, donde músicos, bailarinas y una legión de esclavas y esclavos no parecían tener otra misión que halagar los sentidos de los sempiternos invitados.
Cada uno de los salones de aquel fastuoso palacio se hallaba consagrado a una divinidad y cada uno también respondía a una determinada categoría de festines; así, Lúculo, con indicar a su mayordomo la estancia en que cenaría, le había indicado ya el número de comensales y el tono que la noche tendría. Y sucedió una vez que Lúculo nada advirtió a su mayordomo y, llegada la hora de la cena, el dueño de la casa observó la ausencia de los músicos, de las bailarinas, de las esclavas perfumadas, de los efebos y portadores de antorchas... Pidió explicaciones a su mayordomo y éste se excusó alegando que como aquella noche no había invitados, por excepción...
— ¿Cómo que no? — exclamó Lúculo —. Esta noche Lúculo cena en casa de Lúculo. ¡Prepara el salón de Apolo!
El salón de Apolo era el más rico de aquel rico palacio y los festines que en él se celebraban costaban cifras verdaderamente increíbles.
Moraleja
La vanidad y el deseo desmedido de placer pueden llevar al ser humano a un absurdo tal que llegue a olvidar la realidad de su propia soledad. La ostentación y el lujo excesivo no solo son un desperdicio de recursos, sino que aíslan a la persona, convirtiendo su propia vida en una representación teatral vacía donde el único espectador termina siendo su propio ego.
Este comportamiento choca frontalmente con la humildad y la moderación que se nos enseña. La Biblia advierte repetidamente contra el amor al dinero, el orgullo y los placeres desmedidos. El apóstol Juan nos dice que "todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo" (1 Juan 2:16). Lúculo personifica la vanagloria de la vida.
En la magnífica mansión que se hizo construir cerca de Nápoles, a orillas del mar, rodeada de jardines, considerados como verdaderas maravillas, ofrecía a sus amigos festines fantásticos. Y sus amigos eran numerosísimos, naturalmente, y todas las noches eran de fiesta en aquel recinto, donde músicos, bailarinas y una legión de esclavas y esclavos no parecían tener otra misión que halagar los sentidos de los sempiternos invitados.
Cada uno de los salones de aquel fastuoso palacio se hallaba consagrado a una divinidad y cada uno también respondía a una determinada categoría de festines; así, Lúculo, con indicar a su mayordomo la estancia en que cenaría, le había indicado ya el número de comensales y el tono que la noche tendría. Y sucedió una vez que Lúculo nada advirtió a su mayordomo y, llegada la hora de la cena, el dueño de la casa observó la ausencia de los músicos, de las bailarinas, de las esclavas perfumadas, de los efebos y portadores de antorchas... Pidió explicaciones a su mayordomo y éste se excusó alegando que como aquella noche no había invitados, por excepción...
— ¿Cómo que no? — exclamó Lúculo —. Esta noche Lúculo cena en casa de Lúculo. ¡Prepara el salón de Apolo!
El salón de Apolo era el más rico de aquel rico palacio y los festines que en él se celebraban costaban cifras verdaderamente increíbles.
Moraleja
La vanidad y el deseo desmedido de placer pueden llevar al ser humano a un absurdo tal que llegue a olvidar la realidad de su propia soledad. La ostentación y el lujo excesivo no solo son un desperdicio de recursos, sino que aíslan a la persona, convirtiendo su propia vida en una representación teatral vacía donde el único espectador termina siendo su propio ego.
Este comportamiento choca frontalmente con la humildad y la moderación que se nos enseña. La Biblia advierte repetidamente contra el amor al dinero, el orgullo y los placeres desmedidos. El apóstol Juan nos dice que "todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo" (1 Juan 2:16). Lúculo personifica la vanagloria de la vida.