Para mi madre fue un momento de felicidad estar presente en la sala de partos cuando mi hermana menor dio a luz a su primera hija. Mamá comentó que había sido una experiencia increíble e inolvidable ver nacer a su nieta. Sara era pequeña, pero no tardó en aumentar de peso y alcanzar el mínimo de 2.26 kilos para que le autorizaran salir del hospital. Mi hermana y su esposo la llevaron a casa.
La oración que comienza con confianza y pasa tranquilamente a la espera siempre terminará en gratitud, triunfo y alabanza.
ALEXANDER MACLAREN
Poco después de estar en casa, Sara enfermó y tuvieron que hospitalizarla. Mamá aún estaba de visita. Sin que nosotros lo supiéramos en ese momento, mamá rezó para pedirle a Dios que se la llevara a ella y no a Sara. La niña empezó a prosperar de nuevo, pudo retener la comida y aumentó de peso. Otra vez fue enviada a casa al cuidado de sus padres y abuela. Mamá disfrutaba mucho de cuidar a Sara.
Más o menos una semana después de que Sara saliera del hospital, mamá sufrió un ataque al corazón y la trasladaron en ambulancia. Mi otra hermana y yo fuimos de inmediato hacia el hospital. Era un viaje de cuatro horas desde la ciudad donde vivíamos.
El cardiólogo nos informó que lo más probable era que nuestra madre no sobreviviera.
—Incluso si sobrevive —advirtió—, no tendrá memoria y quedará en estado vegetativo —al respecto explicó—: En los cuarenta minutos que tardó la ambulancia en llegar al hospital, su corazón se detuvo tres veces. Aunque los paramédicos lograron revivirla, cada episodio causó daños en el cerebro debido a la falta de oxígeno. El cardiólogo nos aconsejó que llamáramos a los miembros de la familia.
Eso no era lo que queríamos oír. A los cincuenta y cinco años, era demasiado joven para dejarnos. Nos parecía que apenas ayer había muerto papá (en realidad habían pasado trece años y medio) y ahora mamá. “¡Por favor, Dios mío, no te la lleves!”, rogué.
Como mi hermana menor tenía que quedarse en casa a cuidar a su nuevo bebé, mi otra hermana y yo nos quedamos en la sala de espera de la Unidad de Terapia Intensiva. Cuando las enfermeras nos lo permitían, íbamos al lado de nuestra madre, la tomábamos de la mano y le hablábamos. Estaba inconsciente, pero aun así charlábamos con ella.
Una ocasión, alrededor de la medianoche, mientras mi hermana y yo estábamos sentadas en la sala de espera de la Unidad de Terapia Intensiva, un ministro salió de la unidad. No lo habíamos visto entrar.
Fue directamente a vernos, como si nos conociera y dijo:
—Su madre va a estar bien —se sentó y rezó con nosotros. Mientras orábamos, sentí que el miedo y la desesperanza se esfumaban. Dentro de mí había un renovado optimismo y sensación de bienestar.
El ministro parecía tener poco más de sesenta años y tenía el cabello entrecano. Me miró directamente a los ojos cuando me entregó una tarjeta de presentación y pidió:
—Llámame si me necesitan —su mirada me transmitió paz. Estaba agradecida por la visita que el ministro le había hecho a mamá.
No recuerdo con claridad cuánto tiempo pasó mamá inconsciente en la cama del hospital. Me pareció una eternidad. Mi hermana y yo hicimos repetidos viajes de ida y vuelta desde Norfolk, Virginia, donde vivíamos, al hospital de Carolina del Norte. Cada vez nos decían que no había cambios; nos sentimos decepcionadas, pero no abandoné la esperanza.
Nuestra madre habló por fin. Sin abrir los ojos, llamó a sus hermanas por su nombre. También llamó a sus hijos.
El médico afirmó que su capacidad de hablar era una señal positiva, aunque inexplicable. Mamá recuperó la conciencia a pesar del pronóstico del doctor. El único daño permanente en el cerebro fue la pérdida de la memoria a corto plazo. Yo tenía una última cosa por hacer antes de que nos la lleváramos de regreso a Norfolk: darle las gracias al ministro por sus oraciones.
Llamé al número de la tarjeta de presentación. El número no estaba en servicio. Busqué en la guía telefónica, pero no encontré ningún registro de la iglesia. Cuando les describí al ministro a las enfermeras de la Unidad de Terapia Intensiva y a la encargada del área de información del hospital, me dijeron que nadie conocía o había visto al ministro. Mi hermana y yo no podíamos haberlo soñado, además, tenía su tarjeta en la mano.
Para mí, no hay duda de que durante el tiempo que estábamos agotadas y sin esperanza, Dios nos envió a un ángel para darnos esperanza. Mandó a un ángel disfrazado de un ministro terrenal para que nos llevara el mensaje de un próximo milagro: “Su madre va a estar bien”.
~Sara L. Schafer