Malala, de once años, no se detuvo. Se quitaba el uniforme escolar y escondía los libros bajo el chal para seguir yendo a clase. Empezó a escribir un blog para el servicio urdu de la BBC bajo el seudónimo de "Gul Makai", el nombre de una niña de un cuento popular pastún. En su diario escribió: "En Swat, cuando vas a la escuela, tu corazón se llena de miedo. Pueden matarnos. Pueden arrojarnos ácido a la cara".
Su identidad finalmente se reveló. Apareció en televisión y defendió públicamente el derecho de las niñas a la educación. El 9 de octubre de 2012, pistoleros talibanes detuvieron su autobús escolar y preguntaron: "¿Quién es Malala?". Luego le dispararon en la cabeza y el cuello. La bala atravesó detrás de su ojo izquierdo y se alojó en su hombro. Sobrevivió milagrosamente.
En el hospital de Birmingham, cuando pudo hablar por primera vez, no habló de odio. Dijo: "Si ellos estuvieran de pie frente a mí con una pistola, yo no les dispararía. La no violencia que aprendí viene de Gandhi, Martin Luther King y Nelson Mandela".
En 2014, a los diecisiete años, Malala recibió el Premio Nobel de la Paz, convirtiéndose en la galardonada más joven de la historia. En las Naciones Unidas pronunció una frase que fue grabada en las paredes de innumerables aulas: "Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo".
Lo que Malala luchaba por conseguir no era solo el derecho de las niñas a ir a la escuela. Luchaba por la libertad de que una persona no fuera definida por su género, por la libertad de que el pensamiento no fuera encarcelado por el miedo, por la libertad de atreverse a decir "quiero aprender" incluso frente a la boca de un arma. Aquel disparo no la silenció. Al contrario, hizo que su voz llegara al mundo entero.