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Bosquejos para Predicar

El desfallecimiento de Elías

El desfallecimiento de Elías
A veces entramos en una especie de misterioso estado de depresión, y es bueno aprender de la Escritura lo que otros han experimentado al pasar por el Valle de Sombra de Muerte.
📖 Texto Bíblico: 1 Reyes 19:4

«Y él se fue por el desierto un día de camino y vino y se sentó debajo de un enebro; y, deseando morirse, dijo: ¡Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy mejor que mis padres!» (1 Reyes 19:4).

Podemos aprender mucho de las vidas de otras personas.

Elías mismo no es sólo un profeta sino una profecía.

Su experiencia nos enseña mucho.

A veces entramos en una especie de misterioso estado de depresión, y es bueno aprender de la Escritura lo que otros han experimentado al pasar por el Valle de Sombra de Muerte.

Los cansados y enfermos de corazón, duramente probados, son propicios a desfallecer; se imaginan que en tal o cual tiempo les ha ocurrido esto o aquello tan extraño e incomprensible, pero no es así.

Mirando atrás las pisadas sobre las arenas del tiempo, pueden ver tan sólo las huellas del pie del hombre; pero deben consolarse al saber que no era el hombre, sino los pasos del Señor.

Estudiemos este caso:

I. La debilidad de Elías.

1. Era un hombre de iguales pasiones que nosotros (Santiago 5:17).

Desfalleció en el momento que debía ser más fuerte; como muchos otros santos lo han hecho, Abraham, Job, Moisés, Pedro, etc.

2. Sufrió una terrible reacción.

Los que suben mucho también están propensos a bajar.

La profundidad de su depresión es igual a la altura de sus victorias.

3. Estaba triste y cansado después de la excitación del Carmelo y la innecesaria carrera al lado del carro de Acab.

4. Su deseo era insensato. «¡Señor, quítame la vida!»

• Estaba huyendo para salvar su vida, y quería morirse; para ello no necesitaba salir al desierto.

• Pero él era más necesario que nunca para mantener la buena causa.

• Es bien raro que uno que huía para escapar de la muerte clamara: «¡Toma mi vida! ¡Quita mi vida!»

• ¡Cuán insensatas son nuestras oraciones cuando nuestros espíritus desfallecen!

II. La ternura de Dios hacia él.

1. Le permitió dormir.

Esto era mejor que una medicina o una reprensión interior.

2. Lo alimentó con alimento conveniente.

3. Le permitió contar sus penas (véase vers. 10).

Esto es, a menudo, el mejor consuelo.

Explicó su caso y así alivió su depresión.

4. Dios se reveló a sí mismo en sus diversos caminos.

El viento, el terremoto, el fuego y la voz suave eran voces de Dios.

Cuando sabemos lo que Dios es, somos menos turbados por otros asuntos.

5. Le dio buenas nuevas: «Sin embargo, yo haré que queden siete mil en Israel» (vers. 18).

De este modo su sentimiento de soledad fue quitado.

6. Le dio más trabajo para hacer: Ungir a otros, por medio de los cuales los propósitos del Señor de castigo e instrucción serían llevados a cabo.

Aprendemos de esto algunas lecciones útiles.

En muy pocos casos se justifica la oración pidiendo muerte.

Es un asunto que debemos dejar a Dios.

Ni podemos destruir nuestras vidas ni pedir a Dios que lo haga.

Tres santos en la Sagrada Escritura pidieron la muerte: Elías, Moisés y Jonás; pero las tres fueron oraciones sin respuesta.

Para el pecador nunca es bueno buscar la muerte, pues la muerte para él es el infierno; sería su propia y segura condenación.

Pero no es menos equivocado tal deseo en un creyente.

¿Qué oímos en este caso?

¡Elías desfalleciendo y abandonándolo todo!

¡Este heroico espíritu, desolado y postrado!

¡El que osó decir a la cara de Acab: «Eres tú y la casa de tu padre los que turbáis a Israel»; el que podía levantar un muerto, abrir y cerrar los cielos, manejar el fuego y el agua con sus oraciones; el que se atrevió a desafiar a todo el pueblo de Israel y matar a 250 profetas de Baal, le vemos aquí hundirse por el mal ceño y amenazas de una mujer!

¿Pedía que le quitara Dios la vida porque temía perderla?

¿Quién puede esperar una constancia sin mácula de la carne y la sangre cuando vemos a Elías desfallecer?

El santo más fuerte y más valiente sobre la tierra está sujeto a algunos ataques de temor y debilidad.

Ser siempre bueno e inmutable es propio tan sólo de los espíritus gloriosos que están en el cielo.

Así el sabio y santo Dios tendrá su poder hecho perfecto en nuestra debilidad.

Es en vano para nosotros, mientras llevamos esta carne, esperar una tal salud espiritual que no caigamos alguna vez en desajuste moral.

No es una cosa nueva para los hombres santos desear la muerte; ¿quién puede, por tanto, censurar y extrañarse del deseo de tal ventaja?

Para el peregrino cansado desear reposo, el prisionero libertad, el desterrado el hogar, es tan natural que la disposición contraria sería monstruosa.

El beneficio del cambio es precisamente el motivo de nuestro deseo, pero pedir la muerte por estar hastiados de la vida, por la impaciencia del sufrimiento, es una debilidad inverosímil para un santo.

No «basta ya», ¡oh Elías!

Dios quiere más trabajo todavía para ti.

Tu Dios te ha honrado a ti más que a tus padres, y tendrás que vivir para honrarle más a Él. - Obispo Hall.

Elías «levantóse y escapó por su vida», pero mejor habría hecho permaneciendo en su tarea como profeta y responder como Crisóstomo cuando Eudoxia, la emperatriz, le amenazó: «Id y decidle -respondió- que yo no temo nada sino el pecado.»

O como Basilio cuando el emperador arriano dijo que aquella disputa significaría su muerte: «¡Ojalá que así sea! -respondió-. Esto me llevará al cielo más pronto.»

Gregorio no titubeó en decir que, porque Elías había empezado a envanecerse con altos pensamientos acerca de sí mismo a causa de los grandes actos que había realizado en el Carmelo, ahora estaba sufriendo este ataque de temor, por la contrariedad que le producía su humillación.

Algo semejante vemos en Pedro, asustado por una sencilla criada; nos muestra cuán débiles somos cuando somos dejados a nosotros mismos. - Juan Trapp.

¿Quién le había dicho a Elías que ya ¡basta de vivir!?

Dios, no; El sabía que no había bastante para Elías ni de trabajo ni de sufrimiento.

Dios tenía más que enseñarle, más que hacer; si el Señor hubiese cumplido su deseo, a la historia de Elías le hubiese faltado su última página, la más gloriosa. - Kitto.

I. La causa del desaliento de Elías.

1. Relajación de la fuerza física.

2. Falta de simpatía: «He quedado solo.»

Tenía que quitar el solo; la soledad de su posición era molesta para Elías.

3. Falta de ocupación.

Mientras Elías tuvo trabajo de profeta, duro como era, todo fue a las mil maravillas; pero ahora su trabajo había terminado, según le parecía.

¿Qué tenía que hacer mañana, y pasado mañana, día tras día?

La desgracia de no tener nada que hacer proviene de causas voluntarias o involuntarias, según su naturaleza.

4. Desengaño por no haberse cumplido sus esperanzas de éxito.

En el Carmelo el gran objeto por el cual Elías vivía pareció llegar a su punto de realización.

Los profetas de Baal habían sido muertos, Jehová reconocido unánimemente, la adoración falsa abolida.

Sin embargo, no vino el avivamiento esperado.

II. El tratamiento de Dios.

1. En primer lugar, en cuanto a su servidor exhausto de fortaleza.

Leed la historia.

Le da alimento milagroso: entonces Elías duerme, se despierta y come; con la fuerza de aquella comida anda cuarenta días.

2. El Señor calma su mente turbulenta mediante las influencias de la naturaleza.

Manda al huracán barrer el cielo y al terremoto sacudir la tierra.

Enciende los cielos hasta parecer una masa de fuego.

Todo esto expresa y refleja los sentimientos de Elías.

La naturaleza nos hace sentir lo que con palabras no se puede expresar.

3. Además de esto, Dios le hizo sentir la necesidad de la vida.

¿Qué haces aquí, Elías?

La vida es para hacer algo.

La vida de un profeta mucho más, y el profeta estaba sin hacer nada, sino lamentarse.

Esta voz se repite en todos nosotros para levantarnos del letargo, o de nuestro desaliento, o de nuestra postración.

«¿Qué haces tú aquí en esta vida tan corta?»

4. Completó la cura asegurándole la victoria.

Sin embargo, yo he dejado 7.000 en Israel que no han doblado sus rodillas a los baales; de modo que la vida de Elías no había sido un fracaso, después de todo. - F. W. Robertson.

Sermón 20: ¿Dónde está el Dios de Elías?

«Y, tomando el manto de Elías que se le había caído, golpeó las aguas y dijo: ¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías... ?» (2º Reyes 2:14).

El gran objeto de nuestros deseos es Dios, Jehová, el Dios de Elías; con Él todo es floreciente.

Su ausencia es desastre y muerte.

Aquellos que entran en alguna obra santa deberían buscar al Dios que estuvo con sus predecesores.

¡Qué misericordia que el Dios de Elías fue también el Dios de Eliseo!, y también será con nosotros.

«Pues éste es nuestro Dios por siempre y para siempre, él nos capitaneará hasta la muerte» (Sal. 48:14).

No necesitamos antigüedades para el pasado, ni novedades para el presente, ni maravillas para el futuro; sólo necesitamos al Dios Trino ---Padre, Hijo y Espíritu Santo--- y veremos entre nosotros maravillas iguales a las del tiempo del Dios de Elías.

«¿Dónde está el Señor de Elías?»

El antiguo manto usado con fe en el mismo Dios partió las aguas, aquí y allá.

El poder está donde acostumbra estar.

I. La pregunta convertida en oración.

En nuestros días nuestra única necesidad es el Dios de Elías.

1. El Dios que le guardó fiel debe mantenernos firmes, aunque fuéramos dejados solos en la verdad (1ª Corintios 1:8).

2. El Dios que levantó a un muerto por medio de él debe hacernos levantar a los hombres muertos en sus pecados (1ª Rey. 17:22).

3. El Dios que le dio alimento para un largo camino debe hacernos aptos para el peregrinaje de la vida y preservarnos hasta el fin (1ª Rey. 19:8).

4. El Dios que dividió el Jordán para el profeta, no nos faltará cuando nosotros crucemos nuestro Jordán para entrar en la Canaán celestial (2ª Rey. 2:8).

II. La pregunta contestada.

1. El Dios de Elías no ha muerto, ni duerme, ni está de viaje.

2. Está todavía en el cielo mirando a sus escogidos; puede que éstos tengan que esconderse en cuevas, pero el Señor sabe que son suyos.

3. Tiene todavía que ser movido mediante la oración para bendecir una tierra sedienta.

4. Es todavía poderoso para guardarnos fieles en medio de la generación infiel, a fin de que no doblemos nuestras rodillas a Baal.

5. Va a venir con venganza.

¿No oís las ruedas de su carro?

El arrebatará a su pueblo.

¡Cuán bueno es tener su presencia y ser ceñidos con su fortaleza!

¡Vivid de tal modo que nunca más tengamos que hacer tal pregunta!

«¡Dios de la reina Clotilda!», gritó el infiel Clovis I de Francia cuando se halló en apuros sobre el campo de batalla: «¡Dios de la reina Clotilda, concédeme la victoria!

¿Por qué no llamó a su propio Dios?

Se cuenta también de Saunderson, un gran admirador de Sir Isaac Newton, quien le había hablado del Evangelio cuando estaba en salud, que se le oyó decir con acento desesperado en su lecho de muerte: «Dios de Sir Isaac Newton, ten misericordia de mí.»

¿Por qué cambiar de Dios a la hora de la muerte? - Charlas a los jóvenes, por el Revdo. Daniel Baker.

El Dios de Elías le dio a Eliseo por un poco de tiempo la experiencia de lo dulce que es depender del Señor y de las misericordias de su bendición (1º Rey. 17:16); pero ¿dónde está el Dios de Elías en aquel tiempo cuando todo parece haber sido arrebatado y de ningún efecto?

Nuestra mesa está cubierta; sin embargo, nuestras almas están hambrientas.

Nuestras bendiciones se parecen, a veces, a una nube matinal que oscurece la faz de los cielos prometiendo una grande lluvia, pero pronto se disipa convirtiéndose en una nube tan pequeña como la palma de la mano, que no vale para nada; sin embargo, esta generación está cegada por los medios que tienen probabilidades.

¡Ah!, ¿dónde está el Dios de Elías?

El Dios de Elías le dio valentía para hacer frente a la más insolente maldad de la generación en que vivía, aunque era una de las peores.

Esto aparece particularmente en su encuentro con Acab (1º Rey. 18:1).

¿Dónde está el Dios de Elías ahora, cuando las iniquidades de nuestro tiempo encuentran tan poca resistencia, y un rostro firme por Dios, una lengua hábil para hablar por El, y un corazón dispuesto a orar son tan necesarios?

Los pecadores mundanos, aunque sostienen una mala causa, la prosiguen valientemente; pero, ¡ay!, el pueblo de Dios se avergüenza de su nombre por cobardía y teme comprometerse en ello.

Si Dios no nos da otro espíritu más apto para nuestros días, traicionaremos nuestra confianza y traeremos maldición a la generación que nos sigue.

El Dios de Elías le hizo experimentar el prodigioso hecho de que podía ir tan lejos con una sola comida (1º Reyes 19:8).

¿Pero dónde puede experimentarse tal cosa en el terreno espiritual si son tan menguadas las comidas espirituales que actualmente recibimos?

Sin embargo, ¡cómo lo necesitamos!

El Señor parece estar diciendo a su pueblo: «Levántate y come, pues gran camino te resta»; y ¿quién sabe las dificultades que experimentaremos en tal viaje?

Hay algunos cristianos que puede tengan que pasar literalmente muchos días antes de conseguir otra comida espiritual.

¡Oh, que haya más poder alimenticio en la doctrina predicada entre nosotros!

El Dios de Elías le quitó las dificultades cuando él mismo no podía hacer nada.

El Jordán dividido.

Del mismo modo, Pedro vio la puerta de hierro abierta ante él, por sí sola; pues cuando el Señor toma la obra en su mano, por desesperada que sea la situación, todo irá bien. - Thomas Boston.