Sin embargo, gracias a Dios, creímos, confiamos en aquel que nos dio la vida eterna. De igual manera, no sólo necesitamos creerle a Dios (y confiar en él) para nuestra redención eterna, sino en cada vivencia de nuestro andar en fe.
Mucha gente hoy en día, tiene el concepto de que Dios es tan santo, tan aborrecedor del pecado, que no puede tener gracia y misericordia; o viceversa, que siendo un Dios de amor, que es lleno de gracia y bondad no se enojará tanto y que pasará por alto el pecado. Nuestra mente no puede racionalizar el hecho de que Dios es santo, celoso, aborrecedor del pecado, y que es lleno de gracia y misericordia, que es amor.
Quizás no podamos entenderle, pero sí podemos creerle. Todos necesitamos creerle a Dios. No importa en que punto de tu caminar te encuentres, en qué medida hacia la estatura de Cristo estés, todos necesitamos creerle a Dios.
Cuando él te diga:
Ven a mí, yo te haré descansar…. ¡Créele!
Aborrezco la lengua mentirosa….. ¡Créele!
No temas, yo estoy contigo, siempre te ayudaré.....¡Créele!
¡Vengo pronto!
Creámosle, él es y dice la verdad