La pregunta que todo predicador debería hacerse cuando predica periódicamente, incluso en voz alta al pueblo de Dios, es esta: Dios nos ama, ¿y qué? ¿Qué debemos hacer al respecto? ¿Simplemente vamos a casa y reflexionamos sobre el poder de Dios, sentimos un calorcito agradable en el corazón y exclamamos: «¡Es tan maravilloso que Dios nos ame!»?
No. La Biblia no nos da esa opción. La Biblia nos dice que debido al amor de Dios somos responsables por hacer algo. El apóstol Juan fue el gran campeón del amor de Dios en el Nuevo Testamento. Cuando comenzó a envejecer, predicaba el mismo mensaje vez tras vez, y especialmente a su propia congregación. Cada vez que se levantaba a predicar, predicaba sobre el amor de Dios.
El testimonio de Juan
Ocasionalmente, un miembro impaciente de su congregación levantaba la mano y le decía: «Hermano Juan, usted ya ha predicado eso, ¿puede decirnos algo nuevo?». Y respondía: «Un mandamiento nuevo les doy, que se amen unos a otros» (ver Juan 13:34), y entonces predicaba el mismo mensaje. Predicaba sobre el amor de Dios cada vez que predicaba.
No estaba siendo senil ni había perdido un tornillo. Simplemente entendía, quizás más profundamente que todos nosotros, que cuando se llega al final de la historia, al final solo hay una historia por contar: la historia del amor de Dios y cómo nos afecta.
Un amor que transforma
De hecho, el amor de Dios nos afecta de tal manera que cambia todo en nosotros. Si lo entendemos correctamente, cambia nuestras relaciones personales, y ¿qué es la vida sino relaciones personales? Cambia nuestra relación con Dios, con nosotros mismos, con otros creyentes, con los que nos rodean en el mundo, incluso con nuestros enemigos.
Esa es la naturaleza del amor de Dios. Dios nos amó antes a nosotros que nosotros a él. Así como él nos amó, debemos amar a los demás. El apóstol Juan lo expresó con claridad cuando escribió: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero» (ver 1 Juan 4:19). Y también: «Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros» (ver 1 Juan 4:11).
El amor como mandato, no como sugerencia
El amor de Dios no es un sentimiento pasajero ni una emoción que se desvanece con las circunstancias. Es un mandato, una responsabilidad, un llamado a la acción. Jesús mismo lo dejó claro cuando dijo: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros» (ver Juan 13:34). Y añadió: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (ver Juan 13:35).
El amor de Dios no es algo que simplemente recibimos y guardamos para nosotros mismos. Es un río que debe fluir, una llama que debe encender otras llamas, un don que debe compartirse. Si decimos que amamos a Dios pero no amamos a nuestro hermano, estamos mintiendo. Juan lo dice sin rodeos: «El que no ama a su hermano, a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (ver 1 Juan 4:20).
El amor en acción
Entonces, ¿qué debemos hacer al respecto? ¿Cómo se ve el amor de Dios en acción? Se ve en el perdón que ofrecemos cuando hemos sido heridos. Se ve en la paciencia que mostramos cuando otros nos irritan. Se ve en la generosidad que practicamos cuando vemos una necesidad. Se ve en la humildad que nos permite servir sin buscar reconocimiento. Se ve en la valentía de decir la verdad con amor, y en la ternura de consolar al que sufre.
El amor de Dios nos llama a amar no solo a quienes nos aman, sino también a quienes nos persiguen y nos maldicen. Jesús dijo: «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen» (ver Mateo 5:44). Eso es radical. Eso es contracultural. Eso es el amor de Dios obrando en nosotros.
La pregunta que no podemos ignorar
La pregunta que todo predicador debería hacerse, y que todo creyente debería responder, no es solo «¿Dios me ama?», sino «¿Qué voy a hacer con ese amor?». Porque el amor de Dios no es un fin en sí mismo; es un principio, un motor, una fuerza que nos impulsa a amar como él nos amó.
No podemos quedarnos sentados, cómodos, disfrutando del calorcito agradable en el corazón. El amor de Dios nos empuja a salir, a servir, a perdonar, a dar, a amar. Como dijo el apóstol Pablo: «El amor de Cristo nos constriñe» (ver 2 Corintios 5:14). Nos obliga, nos urge, nos impulsa.
Al final de la historia, cuando todo haya sido dicho y hecho, solo quedará una historia por contar: la historia del amor de Dios y cómo nos afectó. ¿Cómo te está afectando a ti? ¿Qué estás haciendo con el amor que Dios te ha dado? Esa es la pregunta que no podemos ignorar. Esa es la pregunta que todo predicador debería hacerse, y que todo creyente debería responder con su vida.
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