Si está bajo el tipo de esclavitud que quiero hablar el día de hoy, duele más de lo que quisiera admitir. Hay muchos tipos de esclavitud como tipos de consecuencias, de la que quiero hablarles es de la esclavitud del Rechazo.
La esclavitud invisible: cuando el rechazo nos ata sin que lo sepamos
Hay muchos que viven en esclavitud y ni siquiera se dan cuenta, y al preguntarles si son libres dicen que sí, pero en verdad no lo son. Esta es una de las realidades más trágicas de la condición humana: la cautividad que no se reconoce. Las cadenas más peligrosas no son las que se ven, sino las que se llevan por dentro. Jesús mismo lo declaró con claridad: "De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado" (Juan 8:34), y añadió la promesa liberadora: "Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres" (Juan 8:36). Es decir, existe una libertad aparente y una libertad verdadera; y solo Cristo puede conceder la segunda.
Si somos esclavos, sufrimos esclavitud en cierto grado; quizás no sea tras las rejas o en cadenas visibles, sino en creencias y conductas que nos dominan sin que lo advirtamos. La Escritura lo describe como un yugo: "Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga" (Mateo 11:30), dijo Jesús, en contraste con los yugos pesados que el mundo, el pecado y el enemigo imponen sobre las almas. Hay personas encadenadas por la amargura, por el miedo, por la culpa, por la costumbre, por la opinión ajena, y todo ello sin haber pisado jamás una prisión.
Con frecuencia una persona no se da cuenta de eso, sigue con su vida creyendo que todo está bien, y en su interior algo anda mal. El rey David lo expresó con crudeza: "Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día" (Salmo 32:3). Y el profeta Jeremías diagnosticó esa dolencia interior: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" (Jeremías 17:9). Por eso, si a nuestro interior no le atendemos debidamente, y en lugar de examinarnos decimos "es la vida", "es que yo me siento así", en realidad nos estamos mintiendo. Si usted está esclavizado, no es libre; si sufre algún tipo de esclavitud, no tiene paz, ni gozo, ni felicidad, ni contentamiento, porque esas son flores que solo crecen en el terreno de la libertad. El apóstol Pablo lo dijo de otro modo: "Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Corintios 3:17).
Hay muchos que viven en esclavitud y ni siquiera se dan cuenta, y al preguntarles si son libres dicen que sí, pero en verdad no lo son. Esta es una de las realidades más trágicas de la condición humana: la cautividad que no se reconoce. Las cadenas más peligrosas no son las que se ven, sino las que se llevan por dentro. Jesús mismo lo declaró con claridad: "De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado" (Juan 8:34), y añadió la promesa liberadora: "Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres" (Juan 8:36). Es decir, existe una libertad aparente y una libertad verdadera; y solo Cristo puede conceder la segunda.
Si somos esclavos, sufrimos esclavitud en cierto grado; quizás no sea tras las rejas o en cadenas visibles, sino en creencias y conductas que nos dominan sin que lo advirtamos. La Escritura lo describe como un yugo: "Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga" (Mateo 11:30), dijo Jesús, en contraste con los yugos pesados que el mundo, el pecado y el enemigo imponen sobre las almas. Hay personas encadenadas por la amargura, por el miedo, por la culpa, por la costumbre, por la opinión ajena, y todo ello sin haber pisado jamás una prisión.
Con frecuencia una persona no se da cuenta de eso, sigue con su vida creyendo que todo está bien, y en su interior algo anda mal. El rey David lo expresó con crudeza: "Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día" (Salmo 32:3). Y el profeta Jeremías diagnosticó esa dolencia interior: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" (Jeremías 17:9). Por eso, si a nuestro interior no le atendemos debidamente, y en lugar de examinarnos decimos "es la vida", "es que yo me siento así", en realidad nos estamos mintiendo. Si usted está esclavizado, no es libre; si sufre algún tipo de esclavitud, no tiene paz, ni gozo, ni felicidad, ni contentamiento, porque esas son flores que solo crecen en el terreno de la libertad. El apóstol Pablo lo dijo de otro modo: "Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Corintios 3:17).
la esclavitud del rechazo nos hace creer mentiras tocante a nosotros mismos para que proyectemos en otros ideas sobre nosotros que ellos ni piensan
Y si está bajo el tipo de esclavitud del que quiero hablar hoy, duele más de lo que quisiéramos admitir. Hay muchos tipos de esclavitud, como hay muchos tipos de consecuencias; pero de la que quiero hablarles es de la esclavitud del rechazo. Esta es una cautividad silenciosa, porque no hiere la piel sino el alma, y muchas veces se disfraza de fortaleza, de independencia o de "yo no necesito a nadie".
Sentimos rechazo en la vida por cualquier motivo; no importa cuánto tiempo haya pasado, lo cierto es que no debemos vivir así. El rechazo, cuando no se sana, se convierte en un dictador interior que nos hace creer mentiras acerca de nosotros mismos, para que proyectemos en otros ideas sobre nosotros que ellos ni siquiera piensan. La persona rechazada suele interpretar miradas, silencios y gestos como confirmaciones de su supuesta falta de valor, cuando en realidad está escuchando el eco de heridas antiguas. Esto es precisamente lo que Jesús denunció al decir: "El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia" (Juan 10:10). El rechazo roba, mata y destruye; Cristo restaura.
Dios conoce esta esclavitud y se ocupa de ella con ternura. El salmista escribió: "Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu" (Salmo 34:18). Y el profeta Isaías anunció al Mesías con estas palabras: "El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel" (Isaías 61:1). Esa profecía la leyó Jesús en la sinagoga de Nazaret y declaró: "Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros" (Lucas 4:21). Es decir, la liberación del rechazo no es una idea piadosa, sino una obra concreta del Salvador.
Además, Dios mismo declara cuál es nuestro verdadero valor frente al rechazo humano: "Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras" (Salmo 139:13-14). Y más adelante: "¿A quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?" (Salmo 27:1). Cuando el alma entiende que fue creada, conocida y amada por Dios, el rechazo ajeno pierde su poder de definirla.
El camino de salida comienza con reconocerlo, como el hijo pródigo que dijo: "Me levantaré e iré a mi padre" (Lucas 15:18). No se sana lo que no se confiesa; no se libera lo que no se nombra. Y después, permitir que la verdad de Dios reemplace las mentiras del rechazo, porque "conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan 8:32). No fuimos hechos para vivir encadenados al veredicto de otros, sino para caminar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8:21).
Si hoy te reconoces en la esclavitud del rechazo, no te condenes: da el primer paso. Dios no desprecia al quebrantado; lo levanta. Y como dijo el salmista: "Jehová libró mi alma de la muerte" (Salmo 116:8). Él puede librar también la tuya.
Sentimos rechazo en la vida por cualquier motivo; no importa cuánto tiempo haya pasado, lo cierto es que no debemos vivir así. El rechazo, cuando no se sana, se convierte en un dictador interior que nos hace creer mentiras acerca de nosotros mismos, para que proyectemos en otros ideas sobre nosotros que ellos ni siquiera piensan. La persona rechazada suele interpretar miradas, silencios y gestos como confirmaciones de su supuesta falta de valor, cuando en realidad está escuchando el eco de heridas antiguas. Esto es precisamente lo que Jesús denunció al decir: "El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia" (Juan 10:10). El rechazo roba, mata y destruye; Cristo restaura.
Dios conoce esta esclavitud y se ocupa de ella con ternura. El salmista escribió: "Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu" (Salmo 34:18). Y el profeta Isaías anunció al Mesías con estas palabras: "El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel" (Isaías 61:1). Esa profecía la leyó Jesús en la sinagoga de Nazaret y declaró: "Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros" (Lucas 4:21). Es decir, la liberación del rechazo no es una idea piadosa, sino una obra concreta del Salvador.
Además, Dios mismo declara cuál es nuestro verdadero valor frente al rechazo humano: "Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras" (Salmo 139:13-14). Y más adelante: "¿A quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?" (Salmo 27:1). Cuando el alma entiende que fue creada, conocida y amada por Dios, el rechazo ajeno pierde su poder de definirla.
El camino de salida comienza con reconocerlo, como el hijo pródigo que dijo: "Me levantaré e iré a mi padre" (Lucas 15:18). No se sana lo que no se confiesa; no se libera lo que no se nombra. Y después, permitir que la verdad de Dios reemplace las mentiras del rechazo, porque "conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan 8:32). No fuimos hechos para vivir encadenados al veredicto de otros, sino para caminar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8:21).
Si hoy te reconoces en la esclavitud del rechazo, no te condenes: da el primer paso. Dios no desprecia al quebrantado; lo levanta. Y como dijo el salmista: "Jehová libró mi alma de la muerte" (Salmo 116:8). Él puede librar también la tuya.