La carta estaba dirigida a su madre, que había muerto pocos meses después de que María Fernanda partiera. En ella, la joven misionera escribía: "Mamá, a veces me pregunto si Dios realmente me llamó aquí, o si fue mi propio deseo de aventura. Pero cada vez que veo a un niño sonreír, o a un enfermo sanar, siento que Su fidelidad me sostiene. No sé si volveré a verte. Pero quiero que sepas que estoy donde debo estar."
María Fernanda nunca envió la carta porque, poco después de escribirla, recibió la noticia de la muerte de su madre. La guardó en una caja de madera, junto a una foto y una cruz de madera. Cada vez que la soledad o la duda la atacaban, abría la caja, leía la carta y recordaba por qué había ido.
Los años pasaron. El orfanato creció. Muchos de los niños que ella crió se convirtieron en maestros, enfermeras y pastores. Uno de ellos, un hombre llamado Raj, se convirtió en médico y volvió a Anandpur para trabajar a su lado. Raj era como un hijo para ella. Cuando María Fernanda cumplió setenta años, Raj le organizó una fiesta. Asistieron cientos de personas cuyas vidas ella había tocado.
En medio de la celebración, Raj le entregó un sobre.
—Hermana —dijo—, hace años encontré esta carta en su caja. No la leí, pero vi el nombre de su madre. Investigando, descubrí que su madre, antes de morir, le escribió una carta a usted. Nunca llegó a la India. Pero yo la encontré en un archivo de la misión en Londres. Aquí está.
María Fernanda abrió el sobre con manos temblorosas. La letra de su madre era inconfundible:
"Querida hija: Sé que estás donde Dios te quiere. No te sientas culpable por no haber estado aquí. Tu fidelidad a Él es más grande que cualquier distancia. Yo estoy en paz. Y tú también deberías estarlo. Te veré en la eternidad. Con amor, Mamá."
María Fernanda lloró. Cuarenta años de dudas, de noches oscuras, de preguntas sin respuesta, se disolvieron en aquel momento. Comprendió que la fidelidad de Dios no era solo sostenerla a ella, sino también a su madre, que había muerto en paz sabiendo que su hija estaba donde debía estar. Las dos cartas, la que nunca se envió y la que nunca llegó, se encontraron al fin. Y en ese encuentro, María Fernanda vio la mano de Dios tejiendo cada detalle, fiel incluso en los silencios, fiel incluso en las cartas perdidas.
Esa noche, mientras las estrellas brillaban sobre Anandpur, la hermana María Fernanda cantó un antiguo himno de su infancia. Y supo, con certeza absoluta, que la fidelidad de Dios nunca falla. Ni en la vida, ni en la muerte, ni en las cartas que el viento se lleva.