Cada mañana, antes del amanecer, el doctor Kimbangu se sentaba en el porche de su choza y cantaba un himno en lingala, el idioma del pueblo. Lo había compuesto él mismo, basado en el Salmo 121: "Alzaré mis ojos a los montes, de donde viene mi socorro". Los niños lo aprendieron, luego las madres, luego los ancianos. El himno se convirtió en la banda sonora de Maboloko.
Pero llegó la guerra. Un grupo armado invadió la región, quemando aldeas y matando a cualquiera que se resistiera. Los habitantes de Maboloko huyeron a la selva. El doctor Kimbangu se quedó, negándose a abandonar a los enfermos que no podían moverse. Cuando los soldados llegaron, lo encontraron arrodillado en la clínica, cantando su himno.
—¿Por qué no huyes? —le preguntó el líder, sorprendido.
—Porque mi Dios es fiel —respondió el doctor—. Y yo soy fiel a Él. No puedo abandonar a estos que Él me ha confiado.
Los soldados lo golpearon y lo arrastraron fuera. Lo ataron a un árbol y le ordenaron que renegara de su fe. El doctor Kimbangu, con los labios hinchados y la sangre corriendo por su frente, volvió a cantar. Esta vez, no solo él. Desde la selva, cientos de voces se unieron. Los aldeanos, escondidos entre los árboles, cantaban el himno que él les había enseñado.
Los soldados, desconcertados y temerosos de aquella música que parecía venir de todas partes, soltaron al doctor y huyeron. No entendían que no era un simple canto, sino la evidencia de una fidelidad mutua: la de un Dios que nunca abandona, y la de un hombre que nunca deja de confiar.
El doctor Kimbangu vivió diez años más en Maboloko. Cuando murió, a los ochenta años, todo el pueblo cantó su himno junto a su tumba. Y hasta el día de hoy, cada mañana, antes del amanecer, las voces de Maboloko se elevan al cielo, recordando que la fidelidad de Dios es un refugio seguro, incluso en medio de la selva más oscura.