El Señor Jesús usó probablemente esta palabra muchas veces, aun en algunas en que los pasajes bíblicos han transmitido la versión griega: «Padre», «Padre mío», y también «mi Padre».
Es una expresión de plena confianza y adhesión con la voluntad del Padre, que Jesús quiere comunicar a sus discípulos. La palabra no aparece en la literatura profana ni rabínica del tiempo, y es característica del vocabulario de Cristo.
En los evangelios se la usa siempre acompañada de su respectiva traducción con la palabra «Padre». Es sólo por medio de Cristo que recibimos el espíritu de adopción y aprendemos a llamar a Dios «Padre nuestro» (Jue. 11:2: Jn. 17:11; 20:17).
La palabra se usaba solamente en el lenguaje familiar antes de Jesús. En el Antiguo Testamento figura en varios nombres hebreos como radical, por ejemplo: Abimelec, Abner, Ardénago, Eliab.
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