No hay vaguedad alguna en la esperanza del cristiano: se trata de una firme ancla para el alma, porque el Señor mismo es su esperanza, y Cristo en él, es la esperanza de gloria (Col. 1:27; 1 Ti. 1:1; He. 6:18, 19). La venida del Señor, no la muerte, es la esperanza bienaventurada del cristiano (1 Ts. 4:13-18; 1 Jn. 3:2, 3).
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