En este cántico María reconoce que Dios es el Salvador de ella (Lc. 1:47) y agradece la bienaventuranza de que ha sido objeto (Lc. 1:48-50); proclama la grandeza de Dios en Su protección de los humildes y afligidos, y en Su juicio contra los soberbios de corazón (Lc. 1:51-53); relaciona el nacimiento del Mesías con la escatológica bendición de Israel (Lc. 1:54, 55).
Este bello poema está impregnado del conocimiento de Dios en las Escrituras del AT, y muestra que María era una estudiosa atenta de la Palabra de Dios.
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