El lugar del apedreamiento o lapidación estaba en las afueras del campamento o de la ciudad (Lv. 24:14; 1 R. 21:9-13).
El criminal era invitado a confesar su pecado (Jos. 7:19), y a continuación uno de los testigos arrojaba una piedra grande sobre el pecho del culpable, y si este golpe no era suficiente para darle muerte, intervenían los demás testigos, y si esto no era aún suficiente, entonces arremetían todos los espectadores (Dt. 17:7).
Los ajusticiadores se quitaban la ropa para tener mayor libertad de movimiento (Hch. 7:58). A veces al ajusticiado se le arrojaba desde una altura considerable.
La lapidación era a menudo un recurso al que el populacho de las distintas épocas recurría cuando no podía soportar el mensaje o los hechos de algún personaje (Éx. 8:26; 2 Cr. 24:31; Lc. 20:6; Jn. 8:59; Hch. 5:26; 14:5; 19:2; 2 Co. 11:25). El primer mártir cristiano, Esteban, murió lapidado.
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